Nota editorial Lo que el adiestramiento me posibilitó en todos los órdenes de la vida. Una de esas cosas fue el aprender a relacionarme mejor con todo el mundo, incluyendo mi propia hija. Tal es así que en estos momentos estoy escribiendo un libro a cerca de la educación de los hijos en base a los métodos pedagógicos de los animales, cuyo contenido ha sido muy bien visto por la Licenciada en Psicología María Cristina Galán, una de las psicoanalistas más destacadas en el tratamientos de problemas adolescentes, quien a su vez escribirá el prólogo de este libro. Voy a compartir con ustedes en sucesivas entregas la introducción y algunos capítulos de ese libro. Espero que encontrarán sus líneas útiles. Pero primero veamos porqué hay puntos en común entre este tema y el adiestramiento canino. Imagina por un momento que a tu oficina o casa llegue una persona desconocida, con quien entablarás una relación a partir de ahora, y por lo tanto deben caerse bien mutuamente, pero piensa en qué impresión te llevarías si al entrar lo hace con los pies despreocupadamente desnudos con total desparpajo. Obviamente no sería una buena primera impresión verdad?. Ahora imagínate haciendo tu lo mismo, de visita en Japón, y piensa qué impresión crees que tu anfitrión se llevaría de ti si entras irrespetuosamente calzado en su morada. Como ves, para comunicar lo que deseas comunicar, primero debes interpretar lo que el otro interpretaría con cada uno de tus mensajes. No basta con lo que quieres decir, sino con lo que el receptor entiende en base a su propio sistema de comunicaciones. Si un canino da un brusco manotazo es porque busca invitar a un juego, si un gato da un brusco manotazo es porque se ha enojado y está agrediendo. Si un gato se siente a gusto con un canino comenzará a ronronearle, para el canino un ronroneo es un gruñido, lo cual está muy lejos de ser interpretado como un gesto amistoso, el canino reaccionaría quizás gruñéndole, con lo que el gato interpretaría que el canino está también a gusto y reforzaría su ronroneo como señal amistosa. Esto se sumaría a los gestos corporales. El gato al ronronear lo haría con el cuerpo tenso y rígido, casi como parado en puntas de pié, y la cola tensa y alta, exactamente el mismo gesto que hace un canino pero no cuando está a gusto sino cuando amenaza a otro, el canino respondería también amenazante con lo que el gato no dudaría en pensar que su “amigo” canino lo adora. Qué sucede si es el canino quien desea jugar? Dará un manotazo, el gato lo tomaría por zarpazo, al sentirse agredido el gato arquearía el lomo y resoplaría, lo que desde el punto de vista del canino es un gesto similar al alzar la grupa y emitir un bufido de invitación al juego. “Qué feliz está este gato conmigo” pensaría el canino, y haría el mismo gesto, bajando el frente y alzando la grupa, como si arqueara el dorso, para jugar con el gato, dándole más manotazos que se mezclarían con los zarpazos del felino, hasta que el gato comience a huir y el canino lo persiga feliz, pero al alcanzarlo el gato lo lastimaría, el canino confundido probablemente se paralice en un gemido y quede sin saber qué ha sucedido, pero tarde o temprano le juraría venganza por haberlo engañado al invitarlo a jugar para agredirlo luego. Son pocos los caninos y gatos que aprenden a interpretarse sus respectivos idiomas y a entenderse sin este tipo de errores. Los demás terminan siempre desconfiando unos de otros o incluso odiándose de por vida. ¿Qué crees que sucede en la mente de tu canino cuando te salta encima para saludarte y le pegas con la mano?. Ahora que ya lo has leído, sabes que pegarle con la mano, lejos de indicarle que no deseas que repita sus saltos, le estas haciendo un gesto de invitación al juego, estás diciendo “ven, juguemos, sigue saltándome”. Difícilmente por este camino tu canino entienda que lo que quieres es que deje de saltarte. En los años que he trabajado con caninos he ido aprendiendo que para poder hacernos entender debemos aprender a hablar el lenguaje del receptor, si así no lo hago, la comunicación se corta. Hace algunas años le enseñaba a mi hija a cabalgar, la subí por primera vez a un caballo a los 3 años de edad. En una oportunidad en que estábamos dando un paseo en sendas cabalgaduras por un terreno difícil le dije “mira el suelo y piensa donde pondrás cada pata, no pienses tanto en las riendas, no intentes manejarlo como si fuera una bicicleta, tienes que caminar con sus patas, sentir con su corazón, ser parte de él”. Desde ese día ella entendió que para comunicarse con Paloma, su yegua de entonces, debía pensar con la mente de un caballo para que la entienda un caballo. Del mismo modo, si un gato pudiera dejar de pensar como gato y un canino pudiera dejar de pensar como canino, esos dos animales se llevarían muy bien. Del mismo modo si podemos pensar como caninos cuando nos comunicamos con nuestros caninos, sin dudas nos entendería. Y lo mismo sucede con nuestros hijos, si podemos ponernos en sus mentes por un instante, sin pretender que un padre de adolescentes se haga el adolescente, dije interpretar, entender, sin perder nuestro lugar. Cuando nuestro canino salta un obstáculo, debemos sentir que saltamos con él. Cuando nuestro hijo se angustia necesitamos sentir la angustia que siente él. Cuando un japonés se descalza ceremoniosamente al entrar en su morada, debemos ser capaces de sentir lo mismo que siente él al hacerlo. De lo contrario él estará respetuosamente descalzado y nosotros andaremos con los pies despreocupadamente desnudos con total desparpajo. Orlando